¿vive?... vive.
Solo una pequeña pregunta sin responder es suficiente y necesaria para que mi cabeza se active y comience a transmitir los impulsos nerviosos, y, por tanto, a pensar. Pero obtener la respuesta a esa simple incógnita no tiene por qué desactivarla al momento, si no que puede seguir trabajando sin descanso, lo que conlleva a plantearse más preguntas y buscar sus respetivas respuestas. Pero una pregunta lleva a otra, y esta otra a la siguiente y así consecutivamente, hasta que sin darte cuenta te estás planteando preguntas sin respuesta, preguntas a las que no se les encuentra explicación posible, preguntas que anteriormente no contestaste, o simple y llanamente, preguntas acerca de tu vida y tu existencia. Pero como estas preguntas son como son y no se les encuentra respuesta, les sigues dando vueltas y vueltas, y cuanto más las piensas menos respuestas encuentras porque aparecen más y nuevas incógnitas o simplemente, la respuesta se haya cada vez mas lejana, lo que provoca inseguridad frente a todo y se te instaura la duda en un pequeño recoveco de tu enorme y retorcida mente. Entre neuronas, sinapsis y años de conocimientos adquiridos y aprendidos, esa pequeña duda escondida entre...... empieza a crecer y crecer y crecer, hasta el punto en el que un día, empiezas a dudar del sentido de tu vida, puesto que esto es tan grande que una persona......... Es prácticamente despreciable, sustituible y prescindible. Entonces decides que no quieres existir porque como dijo Platón "Pienso, luego existo", pero pensar es lo que te ha llevado a tu estado actual... Por lo que, ¿para qué pensar? ¿Para qué existir? ¿Para qué vivir?
Mientras los impulsos eléctricos en tu mente crean un mini mundo en tu cerebro llamado duda, tú estás cortando comida con el cuchillo y observas lo brillante y afilada que es la hoja... Limpias esta herramienta de trabajo y la observas más detenidamente. Palpas con la yema de tu dedo todo lo palpable, de forma sutil y delicada, parándote en cada punta, en cada rugosidad, en cada cambio de material... Observas como algo tan simple puede arrastrar a una persona a un mundo desconocido, como puede arrancar el último aliento, el último gemido, el último suspiro, el último atisbo de vida en el cuerpo... Te sientes poderoso y defendido al sujetar con firmeza el mango de la vida y la muerte... Y es en ese instante cuando tu cerebro deja de pensar y piensan las dudas, trabajan y funcionan las neuronas que se encuentran infectadas por este semejante virus que se transmite de generación en generación, este insecto que si te pica no te escapas, pues no existe cura para las dudas, para las ansias del saber...
Tú, con tu temblorosa mano, aproximas la muerte a la calidez de tu piel... tocas la fina línea que separa ambos mundos, vida y muerte, con el filo del cuchillo... Y es que hoy en día ver la muerte de alguien no hace apenas mella en nosotros, pero notar como se puede escapar nuestra vida que nuestras manos sujetan con firmeza... si, eso si que nos hace reflexionar y pensar hasta nuestros orígenes, y cuestionarnos todo lo cuestionable, y discrepar de las afirmaciones y respuestas que no poseen duda alguna por lo que las preguntas nos llevan a las dudas, las dudas nos llevan a coger nuestra vida con las manos, y este frío contacto con la muerte nos lleva... ¿a qué nos lleva? A pensar en el suicidio, a intentar cruzar la línea que separa ambos mundos... ¿Te atreves a cruzarla? ¡Adelante! ¡Hazlo! ¡Mátate!
¿No? ¿No te matas? ¿No te suicidas? ¿No visitas y te quedas con el frío y la oscuridad eterna?
Entonces levántate, vístete y... vive.

